El coloniaje español


La dramática despoblación del Perú

Al llegar los españoles al Perú encontraron una población no menor de 12’000,000 de habitantes que se incrementaba de año en año por la altísima tasa de natalidad. Las estimaciones poblacionales revelan que en el tiempo de los incas las familias no tenían en mente limitar el número de hijos pues los descendientes eran necesarios para los trabajos comunales. El aborto casi no se practicaba porque se consideraba peligroso y por ello la tasa de natalidad sobrepasaba el 6%.

La desgracia poblacional llega con la invasión española al Perú pues dicha presencia dio lugar a un dramático y macabro porceso de descenso poblacional que en tan sólo cuatro décadas, contadas desde el momento de la intrusión en 1532 hasta 1572, redujo la masa de habitantes del Perú de 12’000,000 a la exígua cifra de 1’265,000 pobladores; y, hacia 1622 la población peruana apenas alcanzaba el total de 590,000 habitantes. Los españoles para justificar su atrocidad comenzaron a desperdigar la idea de que los indios eran ociosos y que no les gustaba trabajar ignorando que ellos casi habían extinguido a la población nativa del Perú. Estos argumentos sirvieron a los españoles para trasladar africanos al Perú a los que desenraízaron de sus madres tierras separando a madres y esposos de sus hijos, los cuales compraban a traficantes ingleses y portugueses.

La crueldad española fue una de las principales causas del rápido proceso de despoblación. Las matanzas de nativos peruanos, las guerras, las epidemias, los tormentos y torturas y la mala alimentación se asocian con la cruedad del invasor que produjo esa merma humana. Las matanzas masivas de peruanos se dio en primer lugar por la defensa que estos hicieron de sus tierras que comenzaron a ser robadas por los intrusos europeos, enfrentamientos desiguales en los que familias enteras de peruanos se posaban en sus campos para que el malvado español no se apoderara de ellas pero con el fatal resultado de la muerte de todos ellos incluyendo a los niños que eran numerosos por cada familia. Las guerras entre españoles y peruanos llegaron incesantes y encadenadas unas a otras y a los alzados que escapaban se les perseguía hasta capturarlos y darles muerte. Luego de un levantamiento nadie podía quedar vivo como en las zonas de Jaén, Guayaquil y pueblos colindantes donde se dieron despariciones completas de etnias a manos de los criminales invasores. Los que conseguían mantenerse con vida eran sometidos a la crueldad de la esclavitud.

Simultáneamente con las frecuentes guerras las enfermedades contagiosas y desconocidas en el Imperio de los Incas tuvieron una incidencia capital en la despoblación. Los sistemas vitales de los peruanos no estaban preparados para defenderse de enfermedades como la influenza, viruela, sarampión y otras eruptivas; infecciones propias de la promiscuidad sexual en las embarcaciones españolas como la gonorrea y el chancro; infecciones respiratorias y pulmonares; y otras desconocidas como la bubónica. El sistema inmunológico de los locales no había generado defensas para contrarrestrar y resistir esos males y sus vidas eran presa fácil de epidemias como la bubónica, sarampión, escorbuto, viruela, gripes virósicas e infecciosas, rubeola, difteria y muchas más.

Los españoles diéronse cuenta que la “raza de los peruanos” era débil al observarlos morir masivamente a consecuencia de enfermedades que ellos podían superar, males que diezmaba la población nativa. Con el fin de apoderarse de las tierras comunales la maldad española los condujo a contagiarlos intencionalmente de la misma manera que años antes lo habían hecho con los taínos y siboneys de las islas caribeñas y como corolario de esa macabra experiencia los taínos fueron llevados a la extinción. Así, en el Perú los españoles contagiaban a los indios obligándolos a comer del mismo plato del enfermo; durmiendo cerca a ellos; pasándoles las frazadas o ropas de los infectados; dándoles de beber del agua o de la chicha que habían contaminado con sus gérmenes; compartiendo los alimentos que ya contenían la inmundicia del español; y otros recursos malévolos que hasta hoy son causas de indignación. Luego, cuando un peruano se infectaba el español forzaba a los otros quechuas para que estuvieran permanentemente cerca del moribundo a fin de que aquirieran el mal.

La mita -que en los tiempos grandiosos contituyó una de las formas más ingeniosas de trabajo solidario- fue convertida por los españoles en una forma de trabajo esclavo e instrumento de martirio y de muerte para el enriquecimiento personal. La forma inmediata de enriquecimiento del español era la minería aurífera y argentífera y con el propósito de explotar esos yacimientos llevó la mita hacia las minas donde todo aquel natural que ingresaba a los socavones no salía con vida. El nativo peruano escarbaba la tierra dentro de esos macabros túneles día y noche de manera casi ininterrumpida, hasta que la debilidad generada por la mala alimentación, el envenenamiento con los vapores de mercurio o la perforación pulmonar por la tuberculosis apagaba sus vidas. En los socavones los naturales enfermos no recibían atención alguna y los españoles ordenaban ubicarlos a un lado hasta el momento de sus respectivas muertes. El español “piadoso” muchas veces decidía terminar con sus vidas para que no siguieran sufriendo. Así morían miles de miles de peruanos ante la cristiana indiferencia del invasor español. Además, para que el mitayo [trabajador de las mitas] resistiera muchas horas sin ingerir alimentos los sádicos europeos los obligaban a consumir la hoja de coca en cantidades que nunca fueron permitidas por los incas por el peligro de la adicción que ello acarreaba. La coca consumida en las cantidades que impusieron los españoles interrumpió la capacidad de regeneración humana en todo el ámbito de la sociedad peruana. La mita y la coca se convirtieron, así, en elementos básicos de la vertiginosa despoblación del Perú.

Mención aparte merecen algunos comentarios de crónicas que tienen nacimiento en el horroroso sufirmiento de los nativos peruanos en las minas de mercurio en Huancavelica donde el dramático consumo diario de vidas se dio en cifras de mayor órden. La muerte de esos peruanos implicaba la demanda inmediata de nuevas fuerzas de trabajo lo que hacía más frecuente la remesa de nativos a esos centros de suplicio. En esas minas la muerte siempre era prematura a causa del envenenamiento con los gases de mercurio y de la inanición. El azoe español diezmó toda la población varonil de los pueblos aledaños hasta llegar al extremo de que en casi muchos de esos villorios la población masculina había desaparecido por completo, limitando hasta extremos antihumanos la capacidad de regeneración a causa del desequilibrio entre los pobladores de uno y otro sexo.

La alimentación deficiente o la falta de ella fue otras de las causas preponderantes de la reducción poblacional en el Perú durante el coloniaje español pues los extranjeros se apropiaron de los terrenos comunales de cultivo y de los animales de la población oriunda. De esta manera los naturales del Perú fueron dejados al abandono sin la posibilidad de conseguir asistencia pues no eran considerados seres humanos. La pobreza y la mendicidad que no existió durante el Imperio de los Incas se desperdigó por todo el territorio y desde los púlpitos el sacerdocio lanzaba proclamas estúpidas en nombre de Dios para que los sufridos se conformaran con su destino en la Tierra. La mala alimentación o la falta de ella condujo a la muerte a decenas de miles y hasta centenas de miles de oriundos peruanos y los que lograban llevar un bocado para sostenerse lo hacían recogiendo y comiendo los desechos, algunas veces lo ingerían en estado crudo, como tripas, víceras, extremidades y otras partes del animal que en otras ocasiones, en el reino, los españoles las hicieron parte de su dieta diaria. Esta mala alimentación redujo la esperanza de vida que en épocas incaicas era longeva a menos de 50 años.

No se puede dejar de lado el infanticidio. El cronista indio Don Felipe Guamán Poma de Ayala en su El Primer Nueva Crónica y Buen Gobierno al referise a la despoblación escribió «adonde auia dies mil personas soldados de guerra cin cin mujeres y biejas y niños agora no hay dies Ynos. de tributo q’ellos les llama aucacamayoc». El documento es una denuncia temprana de la carnicería humana perpetrada por los españoles contra los peruanos oriundos y describe con gráficos y textos la magnitud del horrible genocidio. Los niños que eran hijos de los padres doctrinantes, por ejemplo, como los llamó el cronista, eran apiñados en cestas grandes que colocaban a cada lado del lomo de una acémila y luego los llevaban a los abismos y los lanzaban como alimento para las aves de rapiña. Los españoles emplearon otras modalidades como el asesinato de los infantes por arma blanca durante la caminata hacia el precipicio.

Por otro lado la aflicción de las madres por el destino de sus vástagos muchas veces las llevó a quitarles la vida para que no sufrieran en las mitas mineras o en las mitas en los campos de labranza como servidumbre de los españoles. La práctica del aborto era casi desconocida y prohibida por los incas tomó vitalidad durante la carnicería humana desatada por España. La mujeres cuando reconocían el inicio de su estado de gestación buscaban la manera de interrumpir el embarazo mediante el aborto para que su hijo no fuera a sufrir los suplicios y tormentos de los españoles. Es lógico suponer que ante la barbarie europea el resultado del infanticidio y del aborto diera origen a una interrupción generacional con la consiguiente contribución al deterioro poblacional.

La indignante situación de robo y genocidio fue menguando con el paso de los años debido a los frecuentes levantamientos indígenas que cada vez aparecían mejor organizados lo que forzaba a las autoridades extranjeras a cambiar de actitud. Las guerras se prolongaban porque el intruso recurría al engaño para atrapar a los líderes de las rebeliones convocados a las conversaciones hasta que el gran levantamiento de Tupac Amaru II hacia fines del Siglo XVIII dio la señal de alerta a toda América esclavizada por España para luchar por la independencia, constituyéndose en el movimiento precursor de la independencia por antonomasia.


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