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LOS ROSTROS DE LA NOCHE
Por Alicia del Aguila - QUEHACER 111 |
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¿Qué hay
detrás de la noche? Una fauna nocturna que se agazapa en ciertos
rincones de la ciudad. Cada especie (humana, de la familia de los
limenses habitans) tiene sus guariques. Las razones de preferir un
lugar y no otro pueden ser muchas y variadas. La música es un
factor importante, pero también hay otros elementos, que en su
conjunto están relacionados con un perfil de público:
edad, poder adquisitivo, modo de vestir, bailar, etc. Este
artículo intenta una aproximación a los distintos
públicos que asisten los fines de semana a los locales de
música peruana o latina. Hemos excluido intencionalmente al
género chicha, pues constituye un mundo un poco más
estudiado últimamente (ver, por ejemplo, Quehacer Nº 87).
Los locales que presentamos no pretenden agotar todas las variedades ni
mucho menos (cada barrio tiene su propia identidad nocturna); son
sólo algunos "huecos" representativos de esta ciudad cuando se
cree que duerme.
La misa criolla[1] Peña es un nombre de lugar que alude a jarana, a palmas, a botellas de cerveza, valses, marineras, festejos y otros sones peruanocosteños. Sin embargo, entre las peñas los públicos varían. Obviamente, la ubicación y el costo son dos factores, pero no los únicos. En primer lugar, las hay peñas abiertas y cerradas. A estas últimas, rincón de los puristas, no se las llama peñas, sino Asociaciones o Centros Culturales, pues en ellos existe -literalmente- un culto a la música criolla. El Centro Cultural Breña es uno de esos lugares[2]. Tradicional punto de encuentro de cantantes como Augusto Azcuez y Abelardo Vásquez, el Breña mantiene su perfil entre popular y clase media baja, pues su público de siempre han sido basicamente empleados, obreros, trabajadores subempleados en general (aunque de hecho hay visitantes con mayor nivel adquisitivo). En el primer ambiente de la casa están las sillas y mesitas para el público, rodeados de innumerables fotos de los ídolos de siempre abranzando a sus fieles guitarras; en otra habitación está la barra, donde se puede pedir cerveza o, como es lo habitual, jarras de ron con gaseosa. El Centro Cultural tiene la organización de un club, con autoridades y reglas disciplinarias. Incluso un Comisario para hacer cumplir sus normas todas las amanecidas, curioso honor que lo obliga a no beber en el local mientras ejerce. Quien entra sabe a qué mesa ir, qué grupo integrar. Y cada grupo sabe quién es su intérprete, pues son comunes los desafíos musicales entre mesas. Entonces se impone el silencio entre los iguales. Y se produce algo que hoy podríamos llamar "música interactiva". Aquí el vals no es solo un cortejo, expresión simple del amor (por cierto, añejo y desdentado), sino expresión de sí mismo; acaso, el amor sea incluso un pre-texto para el arte criollo. Y es que el Breña no es una peña; es un templo del criollismo, donde el vals es el culto y el trago entre amigos la comunión. La noche es negra, negro son La Valentina, el lugar tan famoso de otros tiempos, hoy abandonada a su poca suerte, representa el capricho de las tendencias del público. Probablemente condicionado por una Lima cada vez más inabarcable, más segmentada. Como nos comentó una bailarina de otro local: el público "selecto" de La Valentina se había pasado a Barranco, pues allí se le ofrecía seguridad y cercanía a sus propios hogares y a otros espectáculos. Tal vez puedan volver a La Victoria, pero por el momento el Cristo parado sobre una tarima, en un esquina de la famosa peña, se ha quedado con pocos rezos. Por diversas circunstancias, la música mal llamada "negroide" (¿hay música peruanoide, andinoide..?) cada vez goza de una mayor aceptación en diversos sectores sociales, incluso entre los mismos jóvenes que también concurren a las más exclusivas discotecas de moda. Sus ingredientes de sensualidad y movimiento ágil y contoneante probablemente le dan esa posibilidad. Logicamente, su difusión también ha tenido que ver con apoyos publicitarios, como el jale de Micky Gonzales y el éxito de estrellas como Eva Ayllón y Susana Baca. En fin, no sorprende que las peñas más famosas estén en Barranco (que siempre fue criolla). De los balcones del Parque Municipal salen sus acordes distorsionados, haciendo vibrar las paredes de quincha y los oídos de paso. En el área no turística de este distrito, al otro lado del óvalo Balta, están ubicadas dos peñas gemelas y muy mentadas: Poggi I y Poggi II. El primero, un viejo reducto de jaraneros cerveceros y salerosos abrió sus puertas hace poco más de treinta años. Pero de un tiempo a esta parte, aquella peña ubicada en una calle oscura y con un farolito en la entrada, empezó a caerle ese público joven del Barranco de la Plaza Municipal. Entonces los hermanos Poggi decidieron abrir otro local para sus nuevos clientes. Ahora bien, cuando hablamos de públicos, nos referimos a tendencias, no a tipos de asistentes fijos y excluyentes. Por el contrario, los grupos migran, se cruzan en sus peregrinaciones traviesas. Así un viernes caímos en Poggi I. Un viernes de poca animación, por cierto. De pronto, apareció la "mancha" del otro local: grupos de quinceañeros empezaron a inquietar el ambiente con sus figuras más afinadas que la de los criollos de treinta y más. Chicas con body y celulares penúltima generación en mano, muchachos de colegios y universidades privadas con zapatillas y polos importados auténticos: el "maldito" se abría paso en el ambiente. Se mezclaba sin problemas. Movidos por la curiosidad, la semana siguiente fuimos al Poggi II. El lugar mantiene una estética muy similar a su antecesor, pero desde la entrada algo distinto llama la atención. Su público son esas "manchas" del Newton, Roosevelt, Villa María y otros colegios privados, así como universitarios de primeros ciclos. Los novatos de las noches criollas. Sus antecesores desconocían estos lugares. Pero ahora, en el último lustro, este público joven (al menos el femenino) se afana en saber bailar aquellos bailes negros, incluso toma clases para aprender el festejo, el alcatraz, el landó. Y lo bailan sabiendo, quizás con un toque de danza de los mil velos. Pero el vals no. Una teenager dirá quizás "para qué". Por supuesto, en Poggi II también hay muchachos de otros barrios, pero, si les pregunta el animador (de los concursos), mentirán un poquito. Noches de turismo empresarial La variedad, la
diversificación estética y de uso están de moda.
Los salones de espectáculo son un espacio al multiuso:
restaurantes espectáculos (Sachún, Bertolotto, Manos
Morenas) o asociaciones culturales (Brisas del Titicaca), estos lugares
dan servicio de mesa, espectáculos variados y casi todos tienen
espacio para el baile. Los matices están en cuál es el
énfasis musical, el precio, la ubicación del local, el
nivel socioeconómico. Así, Bertolotto admite casi de
todo: sus gustos son tan diversos como la decoración del local.
En los tiempos de las cevicherías-pollerías, no es tan
buen negocio el purismo. |