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Hacia el inicio
año de 1935 la desdibujada figura del maestro Felipe Pinglo era
una premonición de que el fin de un gran hombre estaba cerca. El
rostro demacrado, la tos persistente, el pecho ahogado por el aire, lo
obligaba a tomar frecuentes viajes hacia Chosica y Chaclacayo y en
varias oportunidades hacia la hermosa campiña de Huacho. El aire
puro de las afueras de Lima revitalizaba su ánimo aunque su
apariencia lucía marchita. El mal de la jarana también
había resquebrajado su salud y había impuesto
restricciones a las salidas nocturnas, a las noches de cantos y bailes,
a los tragos y las risas, condenándolo a poner fin a sus
vigilias por el arrebol de los amaneceres. Como despedida su
último cumpleaños quiso pasarlo en la solitaria
tranquilidad de las afueras limeñas acompañado del
esperanzador verdor de los paisaje, pero fue sorprendido por la gran
cantidad de amigos que se dieron cita en ese lugar para
acompañarlo.
Luego de varios días escapa de su claustro de enfermo empujando
la densa garúa capitalina y se refugia en un cafetín con
amigos del barrio y con amigos de la bohemia. Allí, en un ritual
de misa de cuerpo presente su pálida mano tomó un
lápiz para estampar los versos de su agonía: Morir
Ansiara.
El argumento anterior basado en los relatos de Collantes discrepan con
los versos y con los acontecimientos que se dieron luego de 28
años de la muerte del bardo criollo cuando -en 1963- la
canción fuera registrada en APDAYC a nombre de Felipe Pinglo. De
inmediato apareció el también celebrado compositor e
intérprete Manuel Covarrubias reclamando la paternidad de la
polca y por varios meses las dos partes discutieron el asunto de manera
discreta y reservada. Según se lee en Antología Criolla
del Perú se llegó a un acuerdo que satisfizo a ambas
partes mediante el cual se estableció que las regalías
obtenidas por Morir Ansiara eran cedidas a Manuel Covarrubias y sus
herederos de manera vitalicia en tanto que en la autoría se
seguiría manteniendo el nombre de Felipe Pinglo.
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